Si estás leyendo, debes saber que es la tercera parte de mis fotorreflexiones, necesitas leer las anteriores para comprender ésta, así que ve por Infinito y Reencuentro, te espero. 

¿Ya los leíste? ¡Genial! Continuemos con el relato de las entradas anteriores:

Volví a unirme con las hojas y las flores, éstas prometieron ya no lastimarme -mentira, necesitaba una foto más junto a ellas-. Ramiro me aconsejó que leyera, o fingiera que lo hacía, para lograr verme espontánea y natural, así lo hice y esto fue lo que sucedió:

Abrí el libro en una página aleatoria, me dispuse a fingir que leía; sin embargo, cuando crucé la mirada con el título, no pude evitar ver más allá y la lectura me atrapó por completo. Olvidé la sesión, el tiempo paró, y la paz reinó durante unos segundos. De pronto, Ramiro interrumpió mi lectura, mencionó que terminamos y que esta parte fue la más sencilla, que ya había aprendido a posar; en realidad, sólo me dejé llevar por lo que amo hacer, y la magia surgió.

El texto que tanto me había cautivado, trataba sobre la paz que uno sentía al vivir bien, al ser feliz, al verse realizado. También mencionaba que la mayoría deja la paz para el momento de la muerte; pero que en realidad, la vida era la forma más placentera de morir, por lo que estaba repleta de sensaciones de pasividad. Hacía énfasis en el infinito, comentaba que éste causa terror; sin embargo, podría ser equivalente a la paz, porque su inmensidad no conlleva a sobresaltos.

Las sensaciones que experimenté en las tres horas que duró la sesión, son por completo contradictorias y complementarias a la vez. El terror al infinito me ayudó a lograr un reencuentro espiritual, y después, este último me generó paz. Es gracioso entender que si el miedo no se hubiera presentado, la paz no habría llegado al final del día.